De vuelta, las mañanas en el Dojo

Casi siempre entrenábamos de noche, menos los sábados. Eran mi día preferido. Pero la Pandemia nos cambió la vida a todos, y este año, por mucho tiempo, nuestra segunda casa cerró. Nos conformamos viéndonos las caras a través de cámaras, y acompañándonos como podíamos. Así nos mantuvimos en el camino. Sumamos, a la lista de técnicas más efectivas, nuestras sonrisas. Algunos armaron sus tatamis en el patio. en el dormitorio, o el comedor.


Pero un día volvieron los sábados, los que me gustan. Despertarse temprano y con una sonrisa. Sábados de risa y sol, de lino y pies descalzos.

La sensación del primer día de escuela la revivo hace años, cada sábado, cuando entro al Dojo. Entonces, aunque sea por un rato, vuelvo a ser un poco niña. Llevo toda la semana siendo adulta. Pero los sábados me dan una tregua. Y juego. Y aprendo. Porque encuentro un par de ojos que me miran con cariño, pero también para señalarme los errores; y una voz que me corrige y enseña. Eso hacemos los niños: nos equivocamos y aprendemos. Nos caemos y volvemos a levantar. Y está bien. El mundo es una escuela gigante. Algunos tenemos la fortuna enorme de encontrar ahí grandes maestros, que nos guían y nos quieren. Y es hermoso aprender así. Rodeada de gente sabia, buena y que nos quiere bien.

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